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Oda a Stalin - Pablo Neruda

Camarada Stalin, yo estaba junto al mar en la Isla Negra, descansando de luchas y de viajes, cuando la noticia de tu muerte llegó como un golpe de océano. Fue primero el silencio, el estupor de las cosas, y luego llegó del mar una ola grande. De algas, metales y hombres, piedras, espuma y lágrimas estaba hecha esta ola. De historia, espacio y tiempo recogió su materia y se elevó llorando sobre el mundo hasta que frente a mí vino a golpear la costa y derribó a mis puertas su mensaje de luto con un grito gigante como si de repente se quebrara la tierra. Era en 1914. En las fábricas se acumulaban basuras y dolores. Los ricos del nuevo siglo se repartían a dentelladas el petróleo y las islas, el cobre y los canales. Ni una sola bandera levantó sus colores sin las salpicaduras de la sangre. Desde Hong Kong a Chicago la policía buscaba documentos y ensayaba las ametralladoras en la carne del pueblo. Las marchas militares desde el alba mandaban soldaditos a morir. Frenético era el baile de los gringos en las boîtes de París llenas de humo. Se desangraba el hombre. Una lluvia de sangre caía del planeta, manchaba las estrellas. La muerte estrenó entonces armaduras de acero. El hambre en los caminos de Europa fue como un viento helado aventando hojas secas y quebrantando huesos. El otoño soplaba los harapos. La guerra había erizado los caminos. Olor a invierno y sangre emanaba de Europa como de un matadero abandonado. Mientras tanto los dueños del carbón, del hierro, del acero, del humo, de los bancos, del gas, del oro, de la harina, del salitre, del diario El Mercurio, los dueños de burdeles, los senadores norteamericanos, los filibusteros cargados de oro y sangre de todos los países, eran también los dueños de la Historia. Allí estaban sentados de frac, ocupadísimos en dispensar condecoraciones, en regalarse cheques a la entrada y robárselos a la salida, en regalarse acciones de la carnicería y repartirse a dentelladas trozos de pueblo y de geografía. Entonces con modesto vestido y gorra obrera, entró el viento, entró el viento del pueblo. Era Lenin. Cambió la tierra, el hombre, la vida. El aire libre revolucionario trastornó los papeles manchados. Nació una patria que no ha dejado de crecer. Es grande como el mundo, pero cabe hasta en el corazón del más pequeño trabajador de usina o de oficina, de agricultura o barco. Era la Unión Soviética. Junto a Lenin Stalin avanzaba y así, con blusa blanca, con gorra gris de obrero, Stalin, con su paso tranquilo, entró en la Historia acompañado de Lenin y del viento. Stalin desde entonces fue construyendo. Todo hacía falta. Lenin recibió de los zares telarañas y harapos. Lenin dejó una herencia de patria libre y ancha. Stalin la pobló con escuelas y harina, imprentas y manzanas. Stalin desde el Volga hasta la nieve del Norte inaccesible puso su mano y en su mano un hombre comenzó a construir. Las ciudades nacieron. Los desiertos cantaron por primera vez con la voz del agua. Los minerales acudieron, salieron de sus sueños oscuros, se levantaron, se hicieron rieles, ruedas, locomotoras, hilos que llevaron las sílabas eléctricas por toda la extensión y la distancia. Stalin construía. Nacieron de sus manos cereales, tractores, enseñanzas, caminos, y él allí, sencillo como tú y como yo, si tú y yo consiguiéramos ser sencillos como él. Pero lo aprenderemos. Su sencillez y su sabiduría, su estructura de bondadoso pan y de acero inflexible nos ayuda a ser hombres cada día, cada día nos ayuda a ser hombres. ¡Ser hombres! ¡Es ésta la ley staliniana! Ser comunista es difícil. Hay que aprender a serlo. Ser hombres comunistas es aún más difícil, y hay que aprender de Stalin su intensidad serena, su claridad concreta, su desprecio al oropel vacío, a la hueca abstracción editorial. Él fue directamente desentrañando el nudo y mostrando la recta claridad de la línea, entrando en los problemas sin las frases que ocultan el vacío, derecho al centro débil que en nuestra lucha rectificaremos podando los follajes y mostrando el designio de los frutos. Stalin es el mediodía, la madurez del hombre y de los pueblos. En la guerra lo vieron las ciudades quebradas extraer del escombro la esperanza, refundirla de nuevo, hacerla acero, y atacar con sus rayos destruyendo la fortificación de las tinieblas. Pero también ayudó a los manzanos de Siberia a dar sus frutas bajo la tormenta. Enseñó a todos a crecer, a crecer, a plantas y metales, a criaturas y ríos les enseñó a crecer, a dar frutos y fuego. Les enseñó la Paz y así detuvo con su pecho extendido los lobos de la guerra. Frente al mar de la Isla Negra, en la mañana, icé a media asta la bandera de Chile. Estaba solitaria la costa y una niebla de plata se mezclaba a la espuma solemne del océano. A mitad de su mástil, en el campo de azul, la estrella solitaria de mi patria parecía una lágrima entre el cielo y la tierra. Pasó un hombre del pueblo, saludó comprendiendo, y se sacó el sombrero. Vino un muchacho y me estrechó la mano. Más tarde el pescador de erizos, el viejo buzo y poeta, Gonzalito, se acercó a acompañarme bajo la bandera. «Era más sabio que todos los hombres juntos», me dijo mirando el mar con sus viejos ojos, con los viejos ojos del pueblo. Y luego por largo rato no dijimos nada. Una ola estremeció las piedras de la orilla. «Pero Malenkov ahora continuará su obra», prosiguió levantándose el pobre pescador de chaqueta raída. Yo lo miré sorprendido pensando: ¿Cómo, cómo lo sabe? ¿De dónde, en esta costa solitaria? Y comprendí que el mar se lo había enseñado. Y allí velamos juntos, un poeta, un pescador y el mar al Capitán lejano que al entrar en la muerte dejó a todos los pueblos, como herencia, su vida. Pablo Neruda 


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